| Tipo de arma | Arma de asta |
| Rareza | ★★★★★★ |
“¡Número 81! Ay, vaya, otra vez te estás portando mal”.
Colocó sobre la mesa una lámpara de calor del tamaño de un puño, tocó la parte superior que aún estaba tibia y luego la vio rodar por la mesa. Era el más travieso de los pequeños. A diferencia del Número 35, que no podía dejar de discutir, o del Número 29, que era callado pero siempre tramaba alguna broma increíble, la delincuencia del Número 81 venía desde el fondo de su corazón, un corazón vivo: el Número 81 nunca quiso ser una lámpara de calor con casquillo de rosca. No tenía intención de emitir pequeñas cantidades constantes de calor durante una vida útil que parecía una eternidad. No le gustaba calentar las plantas que crecían en los estantes hortícolas de la granja autogestionada, fueran Floracinas, Pimienta ácida o similares. Por eso el Número 81 seguía averiándose. Su brillo era demasiado tenue o demasiado intenso. Por supuesto, solo estaba haciendo berrinche y todavía podía salvarse. Al Número 81 le faltaba valor para rebelarse simplemente contra su función.
“No vas a explotar, pero tampoco te vas a apagar, pequeño cobarde”, el hombre volvió a tocar al Número 81 y este rodó de vuelta a su lugar original. “¿Qué diablos puedes hacer?”
Tal vez podría someterse a una ronda de corte y transformarse en un componente importante de una Unidad de las Artes. O eso pensaba el Número 81. Pero ese no era su destino. Pertenecía al Bisabuelo, que alguna vez fue un módulo de conductancia térmica de una Unidad de las Artes apropiada. El antiguo componente presenció la caída de la Puerta cósmica, las hordas de los Aggeloi que se movían como una gran marea y la sangre inmunda derramada sobre la Tierra cuando los humanos se mataron entre sí... Era una leyenda, testigo de una era de sufrimiento, una que alguna vez pisó las cicatrices de la humanidad.
Ser una Unidad de las Artes no funcionaría. ¿Había otro camino? ¿Quizá una mira? Empezó a pensar otra vez. Pero ese no era el destino del Número 81. El Abuelo recorrió ese camino. Era la mira de un arma de fuego de gran calibre. El amo que lo acompañaba dejó las fortalezas subterráneas selladas y vagó por el Área silvestre. Como un poderoso carroñero que roía los huesos, aplastaron y pulverizaron los restos del Anfitrión de Aggeloide. Luego fueron al norte, llegaron a la Aurora, se lamentaron decepcionados y se abandonaron sobre el hielo sólido que nunca se derrite.
Así que una vez más, el Número 81 procesó todas sus opciones. ¿Qué tal un proyector de imágenes? Pero apagó rápidamente esa idea. Ese era el Padre. Su corpus principal emitió una vez patrones de luz proyectados sobre una pared para dar forma a mapas e imágenes de personas. En otro tiempo ofreció representaciones detalladas del mundo enloquecido que había causado un desastre enorme. Con el tiempo, también mostró las ruinas fragmentadas de sus ambiciones demenciales. La gente estaba eufórica y celebró la conclusión.
Con ancestros que habían cumplido diversas funciones ilustres, el Número 81 solo sentía dolor al saber que su generación había quedado reducida a cuidadores de plantas en la granja automática. Se había emocionado cuando llegó por primera vez. Pero un año después, los lazos del arrepentimiento comenzaron a asfixiarlo. Las tarimas de productos frescos de la granja autogestionada serían sus únicas contribuciones a este mundo. Procesos de producción estandarizados, suministros estandarizados y elogios estandarizados... El lugar parecía haberle abierto un agujero en el corazón, y la sangre brotaba de él todos los días, que parecían iguales al anterior y serían iguales al siguiente. Su corazón vacío le apretaba la garganta, lo asfixiaba durante las noches silenciosas, lo despertaba ahogándose y le daba una sensación de resignación desesperanzada que se espesaba y profundizaba con el tiempo.
Sabía que estaba enfermo. Había algo pálido y vacío que no dejaba de intentar borrar sus recuerdos. Los lemas de los S.T.U.T. sobre productividad, industria y renacimiento se convirtieron en nada más que ruidos vacíos que se hundían en esa pálida nada... Y la pálida nada brotaba de sus orificios, cubría su rostro y su cuerpo, y le hacía temer mirarse en el espejo. Podía sentir vergüenza. En una época de relativa paz, habría contenido su incertidumbre interior y la habría apartado como el hastío de una entidad mimada y consentida. Pero esta sensación persistía y no podía ignorarse.
Faltaba algo. Algo que mantuvo al Abuelo en marcha hasta desangrarse, que sostuvo al Padre durante su agotamiento... Era algo llamado deber, y nada de eso quedaba en el Número 81. En otro tiempo fantaseó con un día en que algún héroe diera una transmisión de radio, invitara a cada foco a una empresa épica, les pidiera incinerarse a sí mismos y, con esa gran acción, desterrar la oscuridad más profunda de Talos-II. Pero eso era solo una fantasía. No habían surgido nuevas historias de Endministrator en esta Tierra desde hacía años.
Entonces el hombre dejó al Número 81 con delicadeza. Luego respiró hondo unas cuantas veces para reprimir el vacío que se hundía en su pecho, abrió la puerta, salió al exterior y contempló el cielo nocturno.
El lugar era una gran extensión y no había nubes en el cielo, pero tampoco estrellas. Solo una hermosa vista que cabría cómodamente en una tumba.
Boletos de oro ×2,200
Molde de fundición ×5
Kalkonix ×3
Auronix ×5
Molde de fundición pesado ×20
Umbrónix ×5
Nanohoja trifásica ×16
Igneosita ×8
Esencias