| Tipo de arma | Cañón de mano |
| Rareza | ★★★★★★ |
“Hagamos pasteles de luna”, dije sin pensar.
Ethan obviamente se quedó pasmado. Volkov, que estaba detrás de él, dejó su botella de kohl sobre la mesa, se dio una palmada en el muslo y lo siguió con un grito: “¡Pasteles de luna! ¡Amigos míos! ¡HAGAMOS PASTELES DE LUNA!”
Ethan intentó espantar el hedor del Kohl, pero se rindió cuando vio que no servía de nada. Luego interrogó a Volkov e intentó que describiera qué eran los pasteles de luna, para ver si era el Kohl el que estaba hablando. “Es... ¡es un tipo de pastel! ¡Oh, sí! ¡El orgulloso Sindicato Ursus también tiene pasteles!” “Nosotros hacemos los mejores pasteles”, balbuceó Volkov, y luego me miró.
“Yo solo...”
“Claro.”
Ethan se sumó a ese plan de broma antes de que yo pudiera terminar mi frase. Conocía la historia y las tradiciones Yanesas mejor que un Yanés de verdad (yo). Debería saber que faltaban por lo menos mes y medio para Medio Otoño, y que lo de los pasteles de luna era una tontería plagada que dije sin pensar. Pero en ese momento entendí por qué el hombre que siempre se esforzaba por actuar como un columbiano duro y sombrío decidió enloquecer con nosotros.
Porque la Guerra de Aggeloi terminó.
No hacía mucho, la noticia de la victoria llegó a nuestro puesto de avanzada de comunicaciones: el Endministrator y cuarenta héroes entraron en el Aurora, neutralizaron al enemigo y liberaron a todos de la Guerra de Aggeloi. Ninguno lo creyó al principio, pero durante varios días casi no hubo Ankhors sobrevolando, y nuestro puesto apenas sufrió otro asalto de Aggeloi. Todo eso nos hizo darnos cuenta de que la guerra quizá sí había terminado.
Lamentablemente, era más difícil sacar la guerra de nuestra cabeza.
Los tres nos adaptamos mal a la vida de posguerra. Yo me quedaba horas mirando el muñón que antes era mi brazo. Volkov roba anticongelante porque no puede pagar Kohl. Y Ethan... seguía actualizando su diario. Alcancé a ver sus escritos: muertes, camaradas, hogar... un montón de frases a medio terminar que no servían para nada más que para llenar páginas. Aun así, esas palabras rotas dolían profundo. Los años transformaron a un joven tímido e inexperto en un caso de lástima de mediana edad. Un sobreviviente con suerte, sí... ¿pero a qué costo? ¿Qué dejé atrás? Intenté recordar los escalones de piedra que subían a la vieja casa en Shangshu, la receta de pasteles de luna que seguían mis abuelos en Medio Otoño, el primer camarada que cayó a mi lado... Todo salió como un recuerdo borroso.
De golpe sentí lo ridícula que era mi idea de los pasteles de luna. Talos-II no tenía luna. Esa “luna” en realidad es Talos-I. Mis colegas de la Oficina de Tianshi llevaron las festividades yanesas a Talos-II y las ajustaron con cuidado a su gran calendario cronológico. ¿Para qué? Tenemos una luna falsa en el cielo. Nuestros veinticuatro términos estacionales tradicionales no podían alinearse con el clima local... Todo el lugar era ajeno, y nosotros solo existíamos como sombras errantes, separadas de nuestros verdaderos hogares. Talos-II nos aterrorizaba, dándonos incontables pesadillas de nuevas monstruosidades que emergían del mar o caían de la noche estrellada. Nuestras orgullosas ambiciones pioneras habían quedado hechas polvo en nuestra retirada hacia el sur.
“Hagamos pasteles de luna”, insistí con terquedad.
Así que Ethan preparó la masa con harina de bajo gluten. Yo trituré las barras energéticas y les agregué chocolate para hacer el relleno. Y Volkov... usó sus Artes para congelar agua y hacer los moldes. Después de dos horas de trabajo, nos acurrucamos juntos e hicimos nuestro mejor esfuerzo por comer esas bolas cafés, deformes y tibias, que casi no estaban dulces. Volkov juró por la autenticidad de nuestros pasteles de luna. Lo pensé un rato y decidí guardar mis groserías furiosas para otras ocasiones. Pasaron otras dos horas y desperté sobre la nieve. La “luna” me daba en los ojos y aprendí, en carne propia, por qué le dicen “aguardiente de luna” al anticongelante. Pero fue entonces cuando sentí que el pálido Talos-I era más brillante que la luna de Terra. Por desgracia, mis recuerdos de la luna de mi hogar también estaban borrosos.
“¿Importa de verdad?”, susurró el hada del Kohl del anticongelante.
“Probablemente no”, respondí, “tenemos una luna totalmente nueva en esta tierra lejana, y ya echamos raíces.”
Fue en ese momento cuando sentí que la guerra por fin me había dejado. Sí, este planeta todavía me aterroriza, pero una pequeña semilla de esperanza había brotado. Regresé al puesto para escuchar a Volkov y a Ethan hablar de la información más reciente. Pequeños pleitos en los campamentos de refugiados e intercambios de regalos de festividades en otros puestos... La guerra quedó atrás, y el inmenso mundo de Talos-II nos espera. Se aproxima una era de reconstrucción, y el futuro viene en camino. Ahora tengo fe en que la esperanza regresó a nosotros.
— Extracto de una entrada del diario de un Tianshi en la víspera de la Guerra de la Humillación